Manuel Santelices

China Machado

In Harper's Bazaar, moda, modelos, periodismo on November 10, 2011 at 3:04 pm

“¿Nostalgia? No, no siento ninguna nostalgia”, asegura China Machado sentada en el lounge de un elegante hotel en Manhattan. “Viví lo que viví, me divertí muchísimo, pero no puedo traer de vuelta el pasado. Además, la mayoría de las personas que conocí ya no están”.

Lejos de terminar la frase con un suspiro de tristeza, China lanza una carcajada que confirma que, a los 81 años, la que un día fue una de las modelos más célebres y admiradas del mundo tiene poco tiempo y ningún interés en pasar el día hurgando en su propia historia. Siempre ha sido así, dice, práctica, decidida, llena de energía. Una sobreviviente. “En el fondo de mi corazón, lo que siempre quise fue casarme y tener hijos. Nada más. Nunca pensé en una carrera, nunca tuve esa ambición. Simplemente sucedió así”.

Con o sin intención, China ha llevado adelante una de las carreras más brillantes del mundo de la moda en los últimos cincuenta años, una larga y glamorosa odisea que comenzó en la “maison de couture” de Givenchy y Balenciaga en la década de los 50, siguió de la mano de Richard Avedon y Diana Vreeland en Harper’s Bazaar- donde además fue editora de modas durante más de una década-, y continua hasta hoy, cuando vive un inesperado resurgimiento que la ha llevado a las páginas de esta revista, entre otras, y a convertirse en estrella de la próxima campaña publicitaria de los almacenes Barneys New York.

El paso de los años no la ha despojado de su exótica belleza ni su misteriosa elegancia, las mismas que en un principio le acarrearon tanta atención y controversia. Cuando Avedon la fotografió para Bazaar en 1958, los ejecutivos de la revista se negaron a publicarla, temerosos, según China, de que “perderían todas las suscripciones del sur de Estados Unidos”. La fotografía apareció finalmente unos meses mas tarde, pero solo después de que Avedon los amenazara con no renovar su contrato.

Pasaron veinte años antes de que China se enterara del episodio, y cuando se lo mencionó a Avedon, él le restó toda importancia al asunto.

“Nunca me consideré una mujer bonita”, confiesa ella, “Avedon fue el único hombre que me hizo sentir realmente hermosa”.

Esto último no deja de ser una sorpresa si se tiene en cuenta la larga y distinguida lista de admiradores que China tuvo en su juventud, una romántica saga que comenzó una tarde cualquiera en un Country Club de Lima cuando, quién sabe si por casualidad o a sabiendas, Luis Miguel Dominguín, por esos días el torero más famoso del mundo, dio vuelta un vaso sobre su vestido.
“Yo no sabia nada de toros y no tenia idea quién era él. La amiga con que estaba tuvo que explicarme”, cuenta ella. “ “En cuanto regresé a mi casa esa noche, comenzó a sonar el teléfono. ‘Prepárate, que voy a buscarte’, me dijo”.

Por entonces China tenia apenas 19 años, todavía era conocida por su verdadero nombre- Noelia Desouza Machado- y a pesar de viajar frecuentemente como aeromoza de la aerolínea Panagra, seguía siendo la hija protegida, inocente y bien cuidada de una familia conservadora de expatriados portugueses radicados primero en Shanghai, donde nació la modelo, y luego en Buenos Aires.
“Quedé petrificada después del llamado”, recuerda. “Salimos a bailar al hotel Bolívar, luego fuimos a la playa de la Herradura y terminamos conversando hasta las siete de la mañana del día siguiente”.

Para cuando salió el sol, ya estaba enamorada. “¿Cómo no iba a estarlo? Era increíblemente guapo, divertido, inteligente, encantador…todo el mundo estaba enamorado de Dominguín”.

Lo que vino después es asunto de leyenda o novelita rosa, un romance de dos años que la llevó de Lima a Ciudad de México, luego a Caracas y finalmente a Europa, donde, de la mano del torero, se insertó rápidamente en el mundo del café society y el jet- set. Hubo suites en el Palace de Madrid, tardes de compras en Paris, apariciones en los festivales de cine de Cannes y Venecia, y una multitud de fanáticos enfervorizados en la Feria de Sevilla. Hubo fiestas y champagne; joyas, fama, fortuna y excitación. Y hubo, también, una intensa soledad.

“Mi familia no volvió a dirigirme la palabra en quince años”, cuenta China, “Creo que Dominguin nunca supo lo grave que había sido la situación. Lo abandoné todo por él; mi trabajo, mis amigos, mi familia…En Europa estábamos rodeados de gente, pero todos se acercaban a él y yo quedaba sentada en un rincón. Las mujeres no me hablaban; los hombres no se me acercaban, y si lo hacían, él decía que me usaban para llegar a él. Me sentía completamente aislada”.

A todo eso hay que agregar la reputación de seductor de Dominguín que, según ella, era bien merecida y ampliamente correspondida. “!Si contara las cosas que sucedieron! Las mujeres pasaban por su lado y lo tocaban descaradamente, frente a mi. Íbamos a comidas y no lo dejaban solo… ¿Qué podía hacer yo? El podría haber hecho algo, pero no lo hizo, Hoy día sabría como reaccionar, pero en esos años…”.

Quizás inevitablemente, el romance terminó por culpa de otra mujer. Y no cualquier mujer, sino la más hermosa y deseada de la época, Ava Gardner, que a pesar de continuar casada con Frank Sinatra en el papel, en los hechos parecía lista y dispuesta a iniciar un ardiente romance con el Matador.

China recuerda perfectamente el momento de su primer encuentro, cuando Ava y Lana Turner se acercaron a su novio y le hicieron una oferta que, seamos francos, pocos hombres habrían sido capaces de resistir. “Ava debe haber sido la mujer que mas amó, porque era un constante desafío para él. Eran iguales. Los dos bebían hasta la madrugada, peleaban con todo el mundo, viajaban constantemente, conocían a alguien en un bar y se iban a la cama..”.

La ruptura la dejó destrozada, confiesa. “Quedé hecha pedazos, porque él se iba y volvía, se iba y volvía nuevamente, y así fue durante dos años”.

Curiosamente fue el propio Dominguin, después de ver como los fotógrafos se volvían locos por ella en Cannes, el que le sugirió una puerta de escape hacia el futuro. “Paris te convertirá en estrella”, le dijo en esa ocasión al oído, y ella, llegado el momento, recordó sus palabras y buscó refugio en esa ciudad.

Su primer trabajo en París fue como cantante. “Estaba una noche comiendo con Miguelito Alemán (hijo del ex Presidente Mexicano) y su novia en un nightclub, cuando se me acercó el dueño y me preguntó si yo cantaba. Le contesté que no, y él dijo que no tenia importancia, que con mi aspecto bastaba. Así fue como comencé a cantar en un cabaret parisino. Cantaba en japonés, chino, español, inglés, portugués…A veces cantaba envuelta en un kimono ¡era de locos! Pero a los franceses le gusta lo exótico y yo les parecía exótica”.

Un día, mientras se presentaba en un club en Roma, se encontró en la Via Veneto con Olga Mallo, una bellísima chilena que había trabajado con ella en Panagra y ahora era modelo exclusiva de Balmain. Olga la invitó a vivir con ella en París y le enseñó, con un libro en la cabeza, a caminar como modelo. Hasta entonces China no había pensando jamás en el modelaje, pero con esos extraordinarios pómulos y su delgada y elegante silueta, era solo cuestión de tiempo.

Su vida sufrió otro vuelco en una fiesta- siempre fue una fiesta- cuando, entre cocktail y cocktail, la directora de modas de Balenciaga le ofreció trabajo como modelo de la maison. China dijo gracias pero no gracias, y partió a pasar el verano a St. Tropez con unos amigos. Para cuando volvió a Paris en Septiembre, Balenciaga ya se encontraba en Madrid. Sus encargados le sugirieron que probara suerte con Givenchy.

“El día que llegue a Givenchy había una modelo perdida, me confundieron con ella y me lanzaron sin preguntarme nada a la pasarela”, recuerda, “Yo no tenia idea qué estaba haciendo, pero después del show el propio Givenchy se me acercó y me ofreció trabajo como modelo de la casa”.

Fue por entonces cuando adoptó el nombre de “China”, inspirado en el apodo algo paternalista que los limeños usaban para referirse a las jóvenes indígenas, las “chinitas”.

El negocio de la moda, explica, era entonces muy distinto a lo que es hoy. Ella y el resto de las modelos vivían semi-enclaustradas en el enrarecido ambiente del atelier, cuidadas y protegidas por el “couturier”, presentándose cada temporada frente a un pequeño y distinguido grupo de clientes y luciendo, sin sonrisas pero con un número en la mano, cada uno de los diseños mientras el salón permanecía en un silencio sepulcral. Las celebridades en primera fila eran casi inexistentes, y había prohibición de que la prensa tuviera acceso a la colección hasta dos meses después de su presentación oficial.

“Givenchy era un hombre muy serio”, cuenta China, “Y aunque eran muy distintos, tenia una profunda amistad con Balenciaga. Givenchy revisaba la colección de Balenciaga antes del show, y Balenciaga hacia lo mismo con Givenchy”.

La modelo viajó en calidad de “préstamo” a Madrid con el diseñador español, un hombre, según dice, “encantador, simpatiquísimo, adorable y mucho mas suelto que los diseñadores parisinos”. Después del desfile y como agradecimiento, Balenciaga le dijo que eligiera un vestido de la colección. “No supe que elegir”, se lamenta. “Podría haber escogido el abrigo más fabuloso, pero en cambio elegí un vestido negro muy simple. El vestido que usaría una viuda cincuentona”.

Su carrera siguió en ascenso en Francia e Italia, hasta que un día, en un desfile para Carven, conoció al famoso diseñador franco- americano Oleg Cassini.  “Oleg me vio, me llevó a almorzar, y al momento del postre me invitó a Nueva York. Me dijo que quería que conociera a un par de personas ahí”.

China aceptó a regañadientes- “Tenia un bonito departamento en la Ille St. Louis y un novio francés, ¿para qué iba a ir a Nueva York?- pero el día que aterrizó al otro lado del Atlántico, su carrera, y su vida, cambiaron para siempre.

A las pocas horas de llegar a Manhattan se reunió con Diana Vreeland, la legendaria editora de modas de Harper’s Bazaar- y luego de Vogue- que de inmediato la contrató para que apareciera en el desfile que el Fashion Group International tenia organizado esa misma noche en el Waldorf Astoria. “Abrí el desfile con un pajama de Balenciaga. Avedon me vio. Al día siguiente visité su estudio, y así comenzó mi carrera en América”, dice.

Avedon fue uno de los hombres más importantes de su vida aunque, según cuenta, su relación nunca fue sentimental.

“Lo nuestro fue una profunda amistad que duró muchos años. Trabajé con él como modelo, luego como editora de modas, y durante 17 años colaboramos en comerciales para Revlon y otras marcas. La última vez que lo vi fue el 2003”, recuerda, “cuando llegó a mi casa en Sag Harbor para celebrar mi matrimonio. Bailamos juntos; nos reímos; hablamos de comida, porque Dick hablaba siempre de comida, y quedamos de juntarnos a almorzar después de un viaje que él debía hacer a Los Angeles. Murió al poco tiempo. Fue un golpe terrible”.

Su amistad fue en cierto modo sorprendente. “Éramos muy distintos” concede China, “El era mucho mas serio y político que yo. La gente a veces me pregunta por qué no nos veíamos mas seguido, y la verdad es que Dick era de esas personas que te conocía, pensaba que eras interesante, pasaba un tiempo contigo y luego desaparecía, no porque ya no le gustaras sino porque tenia otras cosas que hacer. Vivía y hacia todo en forma muy intensa. ¿Por qué no nos veíamos tan seguido? ¡Porque él estaba con el Dalai Lama! ¡o con el Presidente en Washington!”.

Como editora de modas de Harper’s Bazaar, una de sus colaboraciones más memorables con Avedon fue la sesión fotográfica que ambos organizaron con Ana Maria y Naty Abascal- actual Duquesa de Feria- en Ibiza en 1964.

“Fui a la Feria Mundial de Nueva York y en un desfile vi a estas hermanas. Cuando aparecieron en la pasarela lancé un grito. ¡Wow!”, recuerda China. “Eran dos mujeres fabulosas, con enormes narices, enormes pechos…No había nadie en Estados Unidos que se pareciera a ellas. Las traje a Nueva York,  se las presenté a Avedon y le dije que si íbamos a fotografiarlas, tenia que ser en España. Su aspecto perdía sentido en América. Para acompañarlas tuvimos que buscar un modelo especial, porque un americano se habría visto ridículo al lado de ellas”.

El elegido fue Helio Guerreiro, un atractivo diplomático brasilero que, después de un par de Martinis en el Club 21 con China y Avedon, aceptó viajar a España y participar en el proyecto. “Llegué a buscarlo al aeropuerto, él corrió a abrazarme y lo primero que hizo fue besarme en los labios”, cuenta China. “Esa misma noche apareció en la puerta de mi suite en pijamas de seda y con dos botellas de champagne en la mano. Cuando se dio cuenta que conmigo no iba a pasar nada, trató con nuestra editora en España, luego con Naty, después con Ana Maria, y con cualquiera que usara faldas y se moviera…”.

Las fotografías de las hermanas Abascal y  el coqueto brasilero forman parte del tesoro fotográfico que Avedon dejó como herencia al mundo de la moda, un mundo que a menudo desató sentimientos contradictorios en el fotógrafo.

En una conferencia organizada por el Metropolitan Museum of Art de Nueva York a fines de la década los noventas, Avedon confesó, para sorpresa de todos, que siempre había considerado su trabajo de modas como un peldaño para realizar su trabajo “serio”, o, como dijo en esa ocasión, su trabajo ‘artístico”.

“Cuando Dick comenzó su carrera sentía verdadera pasión por la moda, pero fue un campo donde hizo tanto y de tantas formas, que es inevitable que al final haya sentido algo de tedio”, dice China. Su corazón critico, inteligente, iconoclasta y teñido de amable sarcasmo a menudo quedaba estampado en sus retratos, como ocurrió con los Duques de Windsor. “Le parecían horribles”, cuenta China, “personas que nunca trabajaron en su vida, snobs sociales que cobraban 50 mil dólares por aparecer en una fiesta. ¿Y quienes son ellos?” , decía Dick. “Los fotografió y parecen sapos en la foto. Quiso mostrarlos como eran, sin retoques ni antifaces. Cuando quería usar su poder, sin dudas  sabia como hacerlo”.

Desde el punto de visto creativo, la pasada de China por Harper’s Bazaar entre 1961 y 1972 marcó una época de gloriosa rebeldía. La primera mujer desnuda y la primera afroamericana aparecieron publicadas bajo su supervisión, y por lo mismo, porque hasta entonces la palabra “no” no existía en su vocabulario estilístico, es que abandonó su puesto cuando los ejecutivos de la publicación comenzaron a preguntarle si la ropa que usaba en sus producciones pertenecía o no a los avisadores.

“He sido parte del mundo de la moda desde 1954, y para bien o para mal viví en una era muy especial e irrepetible”, explica. “Hace unos días, en una comida en el Metropolitan Museum of Art, alguien me preguntó qué estaba haciendo en moda. ¡Tengo 81 años!, le contesté, ¡¿Qué más quieren de mi?!”.

Y justo entonces, cuando seria fácil suponer que la nostalgia comienza a invadirla, China cambia rápidamente de tema y todo queda olvidado. Habla, por ejemplo, de Lady Gaga – la adora- y de Madonna- “vivía en mi edificio y la veía todo el tiempo con sus guardaespaldas en el ascensor. No es una mujer agradable”.

Luego habla de su marido, el segundo, Riccardo Rosa, al que conoció hace 32 años y pero con el que no se casó hasta el 2003. Su primer matrimonio con el actor uruguayo Martin LaSalle, padre de sus hijas Blanche y Emmanuelle, terminó en 1965 después de una larga relación interrumpida, por un tiempo al menos, por el romance que China mantuvo con William Holden.

“Los dos hombres con que me casé fueron del mismo tipo: amables, tiernos conmigo, y más enamorados de mí que yo de ellos”, concluye.

Finalmente habla de su pintura, de su pasión por la cocina, de sus dos hijas, de sus nietos, de su I-Pad, de su rechazo a la cirugía plástica, de Zara y H&M, de la autobiografía que acaba de terminar, del par de documentales que está filmando, y mientras habla es fácil descubrir en sus palabras experiencia, sabiduría, humor y, por sobre todo, una envidiable sed de vivir.

Una sed que, en su caso, parece no quedar nunca satisfecha.

Harper’s Bazaar Espana, Octubre 2011

Diana Ross

In actores, cantantes, cine, musica on June 22, 2009 at 12:50 pm

diana-ross

En estos días, cuando ninguna celebridad abre su boca frente a un periodista si no tiene una película, un CD, un perfume o algún producto que promocionar, Diana Ross se sentó recientemente en una habitación del muy chic “Mark Hotel” de Nueva York para hablar de su “colaboración” con la línea de cosméticos “MAC”, que acaba de lanzar una colección de maquillaje con su imagen bajo el titulo de “Icon”.

Antes de la entrevista, que por su solemnidad bien podría haber sido considerada una “audiencia”, los periodistas invitados pudieron observar un video promocional donde Diana- la madre de todas las Divas- hablaba de su legendaria fascinación con sombras, blushes y menjunjes. Ahí se veía con la energía y el aspecto de una adolescente. Ni una arruga, ni una bolsa bajo los ojos, ni una cana aparecieron en la pantalla, lo que inevitablemente hizo que todos se preguntaran si semejante belleza juvenil era un milagro de la lotería genética o de filtros y photoshop. Después de todo, Diana ya se empina por los sesenta anos.

La respuesta quedó en claro en cuanto se abrió la puerta de su suite en el penthouse del hotel, una gigantesca habitación con espectaculares vistas del Central Park.

En jeans y un ajustado sweater azul, Diana Ross lucia fácilmente treinta años más joven de lo que es. Sus ojos negros brillaban con energía, sus dientes parecían blancos como el mármol, y su pelo caía oscuro y frondoso por su espalda, como una selva negra.

La Ross comenzó su carrera en 1964, cuando no era mas que una adolescente. En esa época, los Beatles eran los reyes indiscutidos del Rock & Roll y Aretha Franklin la reina del Soul.
Diana y “The Supremes” se convirtieron rápidamente en las princesas del Pop, y en los cortos tres años que estuvieron juntas ocuparon diez veces el primer lugar del ranking.

A partir de entonces, su carrera como solista ha sido tan brillante como controvertida. “Muchos ven la ambición como una cualidad negativa”, señaló no hace mucho en una entrevista, “pero esa es la fuerza que me mueve. Es quien soy. No puedo detenerme”.

Mucho antes de que la palabra “Diva” siquiera existiera en el diccionario, la Ross ya estaba seduciendo a multitudes en fabulosos trajes de luces en el escenario y ocupando portadas con sus exigencias, sus romances, sus líos con la justicia y su temperamento.
En una ocasión, durante un concierto frente 800 mil personas en Central Park, se detuvo en medio de una canción para reprender a la orquesta.

En la década de los setenta y ochenta, se convirtió en la máxima estrella de la era “Disco”, y aun hoy, después de cuarenta años de carrera, continua siendo considerada una de las figuras más importantes de la música popular.

Hace un par de anos, la cadena VH1 le dedico un especial llamado simplemente “Divas”, y ahí apareció junto a Mariah Carey compitiendo por la nota más alta y la falda más corta.
Y la Ross resulto ganadora en ambas categorías.

El día de esta entrevista su ánimo era tan amable como firme. Cuando sintió que una pregunta se acercaba demasiado a su vida privada, su sonrisa desapareció y con la frialdad de un témpano le preguntó a John Demsey, presidente de MAC:
“¿Están pagando por esta entrevista?” .
“No”, le explicó él, “Es parte de la promoción para el maquillaje”. “Ah, porque no quiero que lo que diga aquí termine en alguna revista de ‘gossip’”.
Hecha la aclaración, la sonrisa volvió a su boca…por un instante. “¿Y qué fotos van a ocupar para este articulo?- volvió al ataque con Demsey- Ya sabes que tengo que aprobar todas y cada una de las imágenes”.

Estas son, supone uno, las lecciones de una Diva.

-¿Siempre te sentiste tan cómoda con tu aspecto físico como ahora?
-Sí. Siempre me he sentido muy cómoda con mi cuerpo y mi rostro, aunque nunca he tenido exceso de seguridad. Estoy satisfecha conmigo misma, y desde que era una niña siempre me gustó experimentar con mi ‘look’. Por eso me interesó esta colaboración con MAC.
Desde que era muy pequeña estaba siempre actuando y el maquillaje era parte importante de esos juegos. Entre los 16 y los 18 años usé mucho, mucho maquillaje. Mi padre siempre me decía, ‘”¿Por qué te pones toda esa pintura negra alrededor de los ojos? Pareces un mapache”. Pero siempre me gustó el delineador. Aun hoy, es lo que más uso para destacar mis ojos.

-¿Tenias en esa época algún ídolo en lo que se refiere a estilo, a moda?
-No, no puedo nombrar a nadie. Pero mi madre trabajaba limpiando cines, así que siempre vi muchas películas.
Cuando era niña y veía a actrices bellisimas en la pantalla, decía “algún día voy a ser bonita como ellas’. Las revistas de moda también tuvieron mucha influencia en mi estilo. Pero todo lo que he hecho en mi vida ha sido producto de mi propia imaginación. Siempre supe que me gustaba el drama, el pretender que era otra persona, con otra vida…Cuando cumplí quince, fui a un colegio especial para estudiar diseño e ilustración de modas. Compré todas las revistas que podía costear. Además, por ese entonces trabajaba como ‘bus girl’ en el restaurant de una tienda por departamentos… ¿Sabes lo que es una ‘bus girl’?

-No…
-Son las chicas que llevan los platos sucios del comedor a la cocina. Mi uniforme era azul con una cofia en la cabeza. Llevaba los platos a la cocina todo el día y en mis ratos libres me escapaba a los pisos superiores, a ver la ropa y los cosméticos. La tienda se llamaba “Hudson’s”, y era como el Bloomingdale’s de Detroit. Nunca me habría imaginado que uno de esos ‘counters’ de belleza iba a llevar algún día mi nombre.

-¿Que sueños tenias para el futuro?
-Mi ambición era ser diseñadora y modelo. Los días sábado iba a la escuela de modelos de Evelyn Wood, una de las más importantes de Detroit, y ahí me enseñaban a caminar derecha poniendo libros en mi cabeza. Mi sueño era ser hermosa.

-¿La música no te interesaba?
-No tenia idea que me convertiría en cantante. Mi voz era un talento natural, y por lo mismo no pensaba mucho en eso. Iba todos los domingos a misa y ahí cantaba con el coro. Fue ahí donde conocí a las otras integrantes de Las Supremes, que vivían en mi barrio. Pero mi verdadero sueño era volar como una mariposa, quería viajar por el mundo…

-¿También soñabas con la fama?
-¡No, no! Ese nunca fue mi sueño. Yo vengo de un barrio muy pobre de Detroit, uno de esos lugares donde nadie se atreve a soñar con la fama. Lo único que quería era hacer un disco, como lo había hecho Smokey Robinson, que también vivía en mi calle. Nunca pensé en dos discos. Uno me parecía suficiente. Esa ha sido una constante durante toda mi vida. Nunca planeo a largo plazo. Voy paso a paso, sin pensar mucho en el futuro. Nunca me imaginé que llegaría al ‘top’ de los rankings o que llegaría hasta donde estoy. Ha sido una sorpresa.

-Hay quienes dicen que hacer una carrera como la tuya, reinventándose constantemente, es imposible en la actualidad. Los cantantes son lanzados y reemplazados rápidamente… ¿Estás de acuerdo?
-Si hay algo que me molesta es esa palabra, ‘reinvención’. Es un concepto que no entiendo. Simplemente he sido yo misma a través del tiempo. Me he adaptado, pero no me he reinventado.

-Volviendo a mi pregunta original…
-Creo que los nuevos artistas tienen posibilidades de crear una larga carrera, pero deben prepararse para ella. Barry Gordy, que era presidente del sello “Motown” cuando empecé, contrató a una mujer que nos enseñó a comportarnos, a sentarnos como una dama, a conversar, a caminar…La idea era prepararnos para enfrentar al público. Nadie iba al programa de Ed Sullivan o a la televisión sin tomar antes estas clases.
El problema de la longevidad de los cantantes actuales no es de los artistas, sino de los sellos que no les dan posibilidades de desarrollarse ni de construir una carrera. Una de las cosas que siempre quise hacer y quizás haga en el futuro, es crear mi propio sello y ayudar a los artistas en este campo. Una carrera sustancial requiere tiempo, pero ese es un lujo que hoy día pocos tienen. Actualmente las estrellas son desechables; hacen un disco, el sello gana mucho dinero, y son rápidamente reemplazados por alguien nuevo. La industria discográfica ha cambiado muchisimo, ya nada es lo que era.

-¿La cultura de la celebridad también ha cambiado?
-Hoy día hay muchos famosos, pero no hay iconos. Eso requiere tiempo y paciencia. Los últimos iconos fueron Michael (Jackson) y Madonna. Beyonce y Alicia Keys tienen posibilidades de llegar ahí, de sobrevivir el paso del tiempo, pero quién sabe si lo lograran.

-¿Cuál seria tu consejo para estos artistas jóvenes?
-Nunca me ha gustado dar consejos a nadie. Detesto decirle a la gente lo que debe hacer.

-¿Qué tan importante ha sido tu ‘look’ en tu carrera? No hay ningún critico que no mencione tus cambios de ropa en el escenario…
-La mayoría de los cantantes prefiere salir al escenario con una sola tenida, les resulta más cómodo. Pero yo creo que mis fans se sentirían decepcionados si yo hiciera lo mismo. Además me encanta el cambio permanente, la sorpresa…Puedo cambiar de ropa más rápido que nadie, porque todo mi vestuario está fabricado especialmente para mí y en forma muy particular. Mis vestidos están construidos por dentro y por fuera, con toda la ropa interior integrada. !Y los cierres! Nadie en el mundo tiene los cierres que tengo yo. Mis zapatos, lo mismo. Puedo salir del escenario y regresar en tres segundos con un look completamente distinto. Salgo, una asistente me pone el vestido, la otra las joyas y una tercera los zapatos. Ni siquiera Galliano o Tom Ford podrían hacer ropa como la que uso. La moda que ves en las colecciones jamás serviría en un escenario.

-Tu has dicho que tu maquillaje es una máscara para esconder lo que siente tu corazón. ¿Que quieres decir con eso?
-Una mujer debería tener siempre lentes de sol, porque se puede ocultar detrás de ellos. Pero a veces hay que ir a trabajar aunque se tenga el corazón destrozado, y en esos casos el maquillaje siempre ayuda. Muchas veces he subido al escenario cuando han estado sucediendo cosas duras o importantes en mi vida. Aun así, tuve que seguir adelante con el show y para eso el vestuario, las lentejuelas, las plumas, las luces, el maquillaje, ayudan mucho no solo para que te veas mejor, sino para que se te levante el espíritu.

-Tus canciones a menudo hablan de amor y desilusion. ¿Van siempre de la mano?
-Esa es una pregunta muy divertida…Hace algunos años grabé una canción que decía algo así como “el amor duele” o “el amor miente”, y uno niño se acercô a preguntarme si lo que decía era verdad. El amor y el dolor no tienen que ir siempre de la mano.
El amor, cuando funciona, puede ser una fuerza muy positiva.

Cosas, 2003

Christian Louboutin

In moda, Ocean Drive Espanol on June 22, 2009 at 1:02 pm

11_louboutin_lgAunque Christian Louboutin nació en un barrio obrero a las afueras de París, sus ojos estuvieron siempre dirigidos a sitios más glamorosos, el tipo de lugar donde las mujeres prenden sus cigarrillos con encendedores cubiertos en diamantes y donde sus zapatos podrían ser perfectamente confundidos con piezas de joyería. Por eso no es raro que, en cuanto tuvo la oportunidad, arrancara a la gran ciudad y consiguiera, a los 15 años, un trabajo como asistente de las bailarinas del Follies Bergère. Fue ahí, en ese mundo mágico y femenino, donde nació su pasión por el diseño de zapatos y dio los primeros pasos de una carrera que, hoy día, lo tiene convertido en uno de los creadores más importantes del mundo.

Su lista de clientes es larga, incluyendo a la Princesa Olga de Grecia, Nicole Kidman, Cameron Diaz, Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie y Gwen Stefani. Sus legendarios mo-delos de suela de esmalte rojo –su llamativa marca de fábrica– seducen inevitablemente a las mujeres más elegantes del planeta que se lanzan a sus pies con el mismo entusiasmo que él se lanza a los de ellas.

Louboutin, según contó durante una corta pasada por Miami rumbo a Nueva York, está perfectamente feliz con el alcance de su éxito y, a diferencia de tantos otros di-señadores, no tiene intenciones de lanzar perfumes o líneas de prêt-à-porter. Eso le permite concentrarse en sus adorados zapatos y, sobre todo, mantener su libertad para viajar, reunirse constantemente con sus amigos o, como hace a menudo, recorrer el Nilo a bordo de su yate, el “Dahabibi”, que mantiene anclado cerca de su casa en Luxor.

Ocean Drive Español: ¿Cómo llegaste al Follies Bergère?
Christian Louboutin: Cuando tenía 12 años, un amigo de mi familia fue elegido para supervisar una revista musical en el Follies. Por eso, la compañía le dio un video tape con los mejores momentos del show en París, Viena, Cairo…¡Vi ese documental y quedé encantado! Fue como ver una vieja comedia de Hollywood, pero un Hollywood que ya no existía. Además, me pareció más interesante que los musicales americanos, porque cuando uno vive en París, no está pensando en Hollywood. Soñaba con hacer algo en mi país, y el Follies Bergère, el Moulin Rouge y el Paradise Latin eran lo que tenía más cerca.

ODE: ¿Qué te inspiró del ambiente de las showgirls?
CL: Un lugar como el Follies Bergère está dedicado a las mujeres y trabajar ahí fue como sumergirse en un gigantesco harén. Es realmente un mundo femenino. En París, la mayor parte de los lugares de trabajo pertenecen a los hombres, y cabarets como estos son la excepción. Yo era un adolescente en ese mundo, y por eso me causó mucho impacto.

ODE: ¿Qué fue lo que te atrajo de los zapatos de las bailarinas?
CL: Siempre me han gustados los zapatos, incluso en esas antiguas películas de los años 50. Con zapatos, las posibilidades de creación son relativamente limitadas, pero son muy importantes en el caso de las coristas que, por lo general, sólo usan plumas y zapatos. Nada más.

ODE: ¿Cómo aprendiste a fabricarlos?
CL: Empecé a trabajar con las showgirls y fue entonces que aprendí muchos de los secretos de la fabricación de un zapato, aunque mis tareas principales en esa época no iban más allá de acarrerar café, pegar plumas, coser pedrería y cosas así…Cuando me di cuenta que eran los zapatos lo más que me interesaba, busqué en las páginas amarillas los números de las casas de couture y llamé. Así de simple. Una mujer muy simpática aceptó ver mis za-patos y me recomendó a Charles Jourdan, que fue donde comencé realmente mi carrera. Luego trabajé con Maud Frizon, Chanel, Yves Saint Laurent…

ODE: ¿Cómo combinas el romanticismo de crear za-patos con la ciencia de su fabricación?
CL: Por supuesto, cualquier diseñador de zapatos siempre quiere diseñar los tacos más altos que pueda. Eso es lo romántico, lo glamouroso. Pero después de hacer cientos de dibujos, también comenzó a interesarme su fabricación, y cómo crear un zapato técnicamente perfecto.

ODE: ¿Y qué fue lo más importante que aprendiste?
CL: Lo más importante es saber que la mujer lleva la ropa, pero el zapato lleva a la mujer. Sin importar lo frágil que se vea, debe soportar todo el peso de la persona y en una superficie muy pequeña. El secreto está en el balance, en la estabilidad.

ODE: ¿Cómo eliges sus nombres, como “Love”, “Trash”…?
CL: Mi proceso creativo es muy natu-ral y no sigue estrategias ni tácticas. Muchas veces diseño un zapato y luego elijo un nombre, pero en otras ocasiones estoy pensando en un tema específico que finalmente se transforma en un zapato. Mi compañía es muy estructurada, pero yo no.

ODE: ¿El éxito comercial ayuda o frena esa libertad?
CL: En mi caso, ayuda. No porque tenga 50 llamados o e-mails que responder dejo de leer lo que me interesa, viajar o reunirme con mis amigos. Hay gente que no tiene tiempo para nada y, por lo mismo, no hace nada. Una persona creativa debería ser capaz de administrar su tiempo y mantener su libertad. Si uno no tiene libertad, no es feliz. Y si no es feliz, se refleja en su trabajo, lo que es terrible cuando se trabaja en el mundo de la moda.

ODE: ¿Tus amigos vienen principalmente del mundo de la moda?
CL: No, no, no. De hecho, tengo muy pocos amigos en el mundo de la moda. Desde los doce años he salido y viajado mucho, y siempre he estado rodeado por todo tipo de personas. Nunca me he limitado. Me interesan los artistas, los escritores, los cineastas, y también conozco mucha gente en India, un país que he visitado desde que tenía 16 años y que me fascina. Tengo además una casa en Egipto, que es otro país que me encanta. También me interesa mucho la arquelogía, el cine francés, donde todos hablan, hablan y hablan…Adoro muchas cosas, muchos tipos diferentes de personas.

ODE: ¿Viajas mucho?
CL: Sí, mucho. Y siempre fue así, incluso antes de empezar mi compañía. Me encanta viajar solo, pero también me gusta ir acompañado, porque es una experiencia diferente. Cuando uno viaja solo está más abierto a vivir aventuras y conocer gente nueva. Además los viajes son siempre una fuente de inspiración importante. Yo trabajo constantemente y no hay una barrera clara entre mi vida personal y profesional. Amo lo que hago, así que no me importa, por ejemplo, trabajar un domingo en mi casa.

ODE: Ahora estás creando carteras, ¿hacia dónde va tu compañía?
CL: Hasta donde estoy. No me interesa más que hacer zapatos y carteras, y mantener un pequeño grupo de accesorios en cuero. No quiero hacer una línea de ropa, como me han ofrecido, ni formar una enorme compañía con mi nombre. Y de todos modos, soy demasiado flojo para hacer algo más…

ODE: ¿Cómo funcionan tus colaboraciones con el teatro, estrellas de cine o diseñadores como Diane Von Furstenberg?
CL: Lo más difícil es el trabajo con los diseñadores, porque generalmente para ellos los zapatos no forman parte de su visión. Son un accesorio secundario y, aparte de decidir si serán altos o bajos, de punta fina o cuadrada, jamás piensan en detalles. Para mí, en cambio, lo más importante son los detalles.

ODE: Pero ropa y zapatos van siempre de la mano…
CL: Sí, pero por lo general trabajo según mi propio proceso creativo, independiente de lo que estén haciendo los diseñadores de moda. Como todo lo demás, esto también depende de con quién esté colaborando. Lo que nunca haré son zapatos pesados, cuadrados, poco femeninos. No es mi estilo.

ODE: ¿Sientes la presión de crear el “It shoe” cada temporada?
CL: No, simplemente hago mi trabajo. Cuando estoy diseñando, jamás me fijo en la última tendencia o lo que está pasando en moda. Lo que me importa es que cada zapato sea un objeto importante.

ODE: ¿Trabajas solo o en equipo?

CL: Siempre solo. La mayor parte de las veces trabajo en Egipto, sobre todo en las colecciones de verano porque es más fácil pensar en sandalias cuando afuera hay 80 grados de calor. Para las de invierno me encierro en mi casa a las afueras de París, y pongo el aire acondicionado muy alto para sentir frío.

Ocean Drive Espanol, 2007

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