Manuel Santelices

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Edward Villella

In arte, musica, Ocean Drive Espanol on November 14, 2011 at 7:01 pm

“Fui un simple mortal en un mundo de Dioses”, dice Edward Villella hablando de su larga y extraordinaria carrera como primer bailarín del American Ballet Theatre. Ahí estuvo, arrancando aplausos y acumulando honores, bajo la severa supervisión de algunos de los mas grandes maestros de la danza del siglo XX, incluyendo a Jerome Robbins y George Balanchine.

Quienes lo recuerdan en el escenario estarían, sin duda, en desacuerdo con su modestia.

Villella es para muchos un Dios por derecho propio, el bailarín americano mas célebre de su tiempo, un hombre que podía conmover hasta al mas cínico de los aficionados con su perfecta mezcla de técnica, talento y virilidad sobre el escenario. “Pero uno no puede vivir en el pasado”, dice, “y ahora mi pasión y mis esfuerzos están concentrados en el presente”.

El presente, por supuesto, incluye su brillante labor como Director Artístico del Miami City Ballet, la compañía que fundó en 1986 con 19 bailarines y solo un millón de dólares de presupuesto, y que hoy está considerada como una de las mas importantes de Estados Unidos y el mundo. “Ahora se nos menciona en el mismo párrafo que el New York City Ballet, el American Ballet Theatre o el San Francisco Ballet”, asegura orgulloso, “Hemos bailado en el Kennedy Center en cuatro oportunidades, la última junto al Kirov. Y cuando aparecieron las criticas, no ocupamos el segundo lugar”.

A  los 69 años, Villella muestra una vitalidad y un entusiasmo envidiables.. “A estas alturas de mi vida me siento lleno de energías”, asegura, “Mi mujer me cuida muy bien. Mis pulmones, mi corazón, mi circulación y mi mente funcionan estupendamente. Y mientras pueda seguir haciendo mi trabajo al nivel que lo hago, seguiré adelante. Cuando ya no sea así, será el momento de pensar en soluciones y reemplazantes”.

Aunque no tiene una ‘short list” de potenciales sucesores, dice que está bien dispuesto a colaborar en la búsqueda de “uno o varios individuos que comprendan que esta una compañía de repertorio, que tengan una visión amplia del ballet y que entiendan diferentes estilos de danza. Y ese tipo de personas”, agrega con una sonrisa, “no se encuentran en cada esquina”.

El mayor desafío de la compañía a futuro, dice, es conseguir los recursos necesarios para continuar adelante con su labor. Y aunque asegura que en ese sentido el apoyo de Miami Beach ha sido enorme, no ha sucedido lo mismo con la ciudad de Miami. “Han pasado 22 años, y aun estamos esperando”, dice con cierta desilusión, “Eso es algo que debemos solucionar”.

De todas cualidades de Villella como Director Artístico, quizás la mas importante, la mas clara, es su profundo y genuino aprecio por sus bailarines. “Existe una larga historia de abuso de bailarines en el mundo de la danza y no quiero que eso se repita en mi compañía. Tengo un grupo de bailarines muy felices, porque soy accesible”, señala, “Entiendo que el Miami City Ballet no se centra en mi, sino en lo que puedo enseñarles como profesional y como persona”.

“Amo a los bailarines”, continúa después, “Son personas dedicadas, apasionadas, con una gran voluntad. Nuestra compañía está compuesta de talentos, y ese es nuestro gran tesoro. Hemos sido capaces de crear nuestras propias estrellas, y lo hemos hecho descubriendo esos talentos. Uno puede enseñar técnica al talento, pero es imposible enseñar talento a nadie”.

Con su experimentado ojo Villella busca “calidad de movimiento” en los miembros de su elenco, “algo tan personal en cada uno como una huella digital”.

“El bailarín debe ser capaz de hablar con su cuerpo, transmitir estilo, rango dramático, velocidad, poder…En eso fui siempre muy afortunado, en parte, porque trabajé junto a los mejores de mi tiempo”.

En su compañía los bailarines son lo mas importante, y en ella hay poco espacio para los egos o grandes personalidades que tan bien conoció durante su propia carrera en la danza.. “Mis bailarines han puesto sus carreras en mis manos, y tomo esa responsabilidad en forma muy seria. Quiero ser un ejemplo no solo por mis conocimientos y mi experiencia, sino también por mi humanidad. Hay personas en el ballet que siguen con su capa puesta una vez que la cortina del escenario ha bajado. Yo no soy de esos”.

Esta es una lección que Villella aprendió a golpes en su propia carrera.

En su famosa autobiografía, “Prodigal Son: Dancing for Balanchine in a World of Pain and Magic”, publicada originalmente en 1992, Villella habla de su conflictiva relación personal y profesional con George Balanchine, el célebre fundador del New York City Ballet, que en el libro es descrito como un genio narcisista que en ocasiones fue incapaz de lidiar con las complejas emociones de los miembros de su compañía.

“En cierto modo, todos éramos pequeñas niñas frente a ese padre autocrático que era Balanchine”, escribe Villella, “Un juego tan antiguo como el mismo ballet, donde hasta hace poco los bailarines eran llamados ‘boys’ y ‘girls’”.

En “Prodigal Son”- el mismo título del famoso ballet de Balanchine de 1929- Villella hace un paralelo entre el corógrafo y su padre, un descendiente de italianos de Queens que durante toda su vida trabajó en su propia empresa de transportes en el “garment district” de Nueva York y que, en un principio al menos, no recibió bien la noticia de que su hijo pensaba dedicarse a la danza.

“Yo también me sentía avergonzado”, reconoce el bailarín, “Mi madre me llevó obligado a las clases de danza que tomaba hermana después de un accidente que sufrí jugando béisbol con mis amigos. Pensó que ahí estaría mas seguro. Me senté al final de la habitación a observar a las niñas durante la clase, y cuando empezaron a saltar, yo, que siempre fue un atleta, comencé a saltar también. La profesora le dijo a mi madre que me ponía mallas y me integraba a la clase o me sacaba de ahí, porque distraía a las alumnas. Al día siguiente aparecí con mallas”.

Cuando su hermana se retiró de las clases, su padre, aprovechando la oportunidad, dio por terminado el asunto y lo envió a Maritime Collage, una Universidad de estilo militar donde Villella pasó cuatro años estudiando, boxeando y jugando béisbol. Fueron cuatro años duros, donde la danza nunca dejó de rondar sus pensamientos. En su último año de College regresó, a escondidas de su padre, a la Academia de Ballet.

“Desde que cumplí quince años, todo lo que quise fue bailar. Durante los veranos trabajaba en la empresa de mi padre, pero siempre supe que esa no era la vida que quería. Mis aspiraciones eran mayores”.

Convencido de su destino, Villella se inscribió finalmente en el School of American Ballet de Balanchine, y en 1956 fue invitado a integrarse al New York City Ballet. Dos años después se convirtió en solista y, en 1960, en bailarín principal.

Su primer rol, como protagonista del “revival” de “Prodigal Son”, fue, quizás, el mas famoso de su carrera. Muchos pensaron que el titulo era una ironía, considerando la difícil relación entre maestro y alumno.

Unos años antes, Villella había hecho lo impensable, abandonando las clases de Balanchine para seguir su aprendizaje junto al danés Stanley Williams.

Para Balanchine, esta fue una traición. Para Villella, un asunto de supervivencia.

“Si no lo hubiera hecho, mi carrera habría terminado al poco tiempo”, señala, “Después de cuatro años lejos del ballet, sus clases, que eran verdaderos laboratorios coreográficos, se me hacían imposibles. Sufrí heridas, lesiones, y sentí que en lo personal y lo físico no tenia alternativas. Las clases de Stanley, en cambio, abrieron mis ojos a un nuevo mundo donde encontré todo lo que estaba buscando. Nos hicimos muy amigos desde el principio. Después de clases nos íbamos a comer, a tomar cerveza, y hablábamos hasta las tres o cuatro de la mañana sobre la complejidad de lo que estábamos tratando de conseguir físicamente. Nunca tuve una relación como esa con Balanchine”.

En su libro, el bailarín habla de lo difícil que fue ese periodo. “Abandonar la clase de Balanchine me produjo una enorme vergüenza y humillación”, escribe, “Y creo que hasta el día de su muerte, Balanchine nunca me perdonó por no rezar en su altar”.

Aunque ha pasado largo tiempo desde entonces, Villella todavía siente que su decisión fue “como insultar a Mozart”.

“En el ambiente de la danza hubo algunos que pensaron que estaba tomando mi carrera en mis propias manos. Otros creyeron que estaba desafiando a Balanchine, porque fui el único que no lo seguí y mi presencia era palpable por mi ausencia. Y hubo muchos que sabían como eran sus clases y entendieron perfectamente las razones de por qué no podía seguir ahí. El mundo del ballet, como el del teatro, está regido por rumores, quejas y política. Yo preferí mantenerme al margen de la controversia y me dediqué a trabajar duro para convertirme, así, en un bailarín fundamental para Balanchine”.

Sus esfuerzos, como quedó claro en el escenario de “Prodigal Son”, fueron bien recompensados. A partir de entonces, Villella acumuló una larga lista de triunfos y honores. Fue el primer bailarín americano en aparecer junto al Royal Danish Ballet, y el único en recibir ruegos de “encore’ en el teatro Bolshoi de Moscú. Bailó durante la inauguración del Presidente Kennedy y luego para Johnson, Nixon y Ford. Produjo y dirigió la serie “Dance in America” para PBS, ganó un Emmy y recibió, en 1997, la National Medal of the Arts de manos del Presidente Clinton. Pero durante todo ese tiempo, la sombra de Balanchine nunca dejó de acompañarlo.

“Mientras trabajamos juntos tuvimos siempre una relación cordial, aunque nunca socializamos. Balanchine era un profesional supremo, pero, de vez en cuando, hacia un comentario para recordarme lo que había sucedido y ponerme en mi lugar. Eso era algo que yo estaba dispuesto a aceptar a cambio de trabajar con el mejor”, dice. “Cuando fui a decirle que abandonaba la danza por las lesiones en mi cadera, se mostró sinceramente triste y preocupado. ‘Por lo menos te vas cuando estás en tu mejor momento’, me dijo, ‘Todos te recordarán en el top y nadie será testigo de tu decadencia’”.

Villella vio a Balanchine por última vez en su cama de hospital, dos semanas antes de su muerte, en 1983. “En un mundo lleno de genios, Balanchine era el mas grande”, dice ahora.

Seria imposible que un hombre como este bailarín, que durante décadas creó magia con su pirueteas sobre el escenario, no se emocione hablando de su arte.

“No hay un día en que no sienta nostalgia por la danza”, confiesa, “Es frustrante no poder hacer lo que hacia antes con mi cuerpo, pero esa es la naturaleza de este juego. En la danza, los mayores traspasan a las nuevas generaciones su conocimiento y experiencia. Es la ley de nuestra vida. Esta es una forma artística que pasa de cuerpo a cuerpo, pero también de mente a mente. Y esa frase no es mía. Es de Balanchine”.

Ocean Drive en Espanol, 2007

China Machado

In Harper's Bazaar, moda, modelos, periodismo on November 10, 2011 at 3:04 pm

“¿Nostalgia? No, no siento ninguna nostalgia”, asegura China Machado sentada en el lounge de un elegante hotel en Manhattan. “Viví lo que viví, me divertí muchísimo, pero no puedo traer de vuelta el pasado. Además, la mayoría de las personas que conocí ya no están”.

Lejos de terminar la frase con un suspiro de tristeza, China lanza una carcajada que confirma que, a los 81 años, la que un día fue una de las modelos más célebres y admiradas del mundo tiene poco tiempo y ningún interés en pasar el día hurgando en su propia historia. Siempre ha sido así, dice, práctica, decidida, llena de energía. Una sobreviviente. “En el fondo de mi corazón, lo que siempre quise fue casarme y tener hijos. Nada más. Nunca pensé en una carrera, nunca tuve esa ambición. Simplemente sucedió así”.

Con o sin intención, China ha llevado adelante una de las carreras más brillantes del mundo de la moda en los últimos cincuenta años, una larga y glamorosa odisea que comenzó en la “maison de couture” de Givenchy y Balenciaga en la década de los 50, siguió de la mano de Richard Avedon y Diana Vreeland en Harper’s Bazaar- donde además fue editora de modas durante más de una década-, y continua hasta hoy, cuando vive un inesperado resurgimiento que la ha llevado a las páginas de esta revista, entre otras, y a convertirse en estrella de la próxima campaña publicitaria de los almacenes Barneys New York.

El paso de los años no la ha despojado de su exótica belleza ni su misteriosa elegancia, las mismas que en un principio le acarrearon tanta atención y controversia. Cuando Avedon la fotografió para Bazaar en 1958, los ejecutivos de la revista se negaron a publicarla, temerosos, según China, de que “perderían todas las suscripciones del sur de Estados Unidos”. La fotografía apareció finalmente unos meses mas tarde, pero solo después de que Avedon los amenazara con no renovar su contrato.

Pasaron veinte años antes de que China se enterara del episodio, y cuando se lo mencionó a Avedon, él le restó toda importancia al asunto.

“Nunca me consideré una mujer bonita”, confiesa ella, “Avedon fue el único hombre que me hizo sentir realmente hermosa”.

Esto último no deja de ser una sorpresa si se tiene en cuenta la larga y distinguida lista de admiradores que China tuvo en su juventud, una romántica saga que comenzó una tarde cualquiera en un Country Club de Lima cuando, quién sabe si por casualidad o a sabiendas, Luis Miguel Dominguín, por esos días el torero más famoso del mundo, dio vuelta un vaso sobre su vestido.
“Yo no sabia nada de toros y no tenia idea quién era él. La amiga con que estaba tuvo que explicarme”, cuenta ella. “ “En cuanto regresé a mi casa esa noche, comenzó a sonar el teléfono. ‘Prepárate, que voy a buscarte’, me dijo”.

Por entonces China tenia apenas 19 años, todavía era conocida por su verdadero nombre- Noelia Desouza Machado- y a pesar de viajar frecuentemente como aeromoza de la aerolínea Panagra, seguía siendo la hija protegida, inocente y bien cuidada de una familia conservadora de expatriados portugueses radicados primero en Shanghai, donde nació la modelo, y luego en Buenos Aires.
“Quedé petrificada después del llamado”, recuerda. “Salimos a bailar al hotel Bolívar, luego fuimos a la playa de la Herradura y terminamos conversando hasta las siete de la mañana del día siguiente”.

Para cuando salió el sol, ya estaba enamorada. “¿Cómo no iba a estarlo? Era increíblemente guapo, divertido, inteligente, encantador…todo el mundo estaba enamorado de Dominguín”.

Lo que vino después es asunto de leyenda o novelita rosa, un romance de dos años que la llevó de Lima a Ciudad de México, luego a Caracas y finalmente a Europa, donde, de la mano del torero, se insertó rápidamente en el mundo del café society y el jet- set. Hubo suites en el Palace de Madrid, tardes de compras en Paris, apariciones en los festivales de cine de Cannes y Venecia, y una multitud de fanáticos enfervorizados en la Feria de Sevilla. Hubo fiestas y champagne; joyas, fama, fortuna y excitación. Y hubo, también, una intensa soledad.

“Mi familia no volvió a dirigirme la palabra en quince años”, cuenta China, “Creo que Dominguin nunca supo lo grave que había sido la situación. Lo abandoné todo por él; mi trabajo, mis amigos, mi familia…En Europa estábamos rodeados de gente, pero todos se acercaban a él y yo quedaba sentada en un rincón. Las mujeres no me hablaban; los hombres no se me acercaban, y si lo hacían, él decía que me usaban para llegar a él. Me sentía completamente aislada”.

A todo eso hay que agregar la reputación de seductor de Dominguín que, según ella, era bien merecida y ampliamente correspondida. “!Si contara las cosas que sucedieron! Las mujeres pasaban por su lado y lo tocaban descaradamente, frente a mi. Íbamos a comidas y no lo dejaban solo… ¿Qué podía hacer yo? El podría haber hecho algo, pero no lo hizo, Hoy día sabría como reaccionar, pero en esos años…”.

Quizás inevitablemente, el romance terminó por culpa de otra mujer. Y no cualquier mujer, sino la más hermosa y deseada de la época, Ava Gardner, que a pesar de continuar casada con Frank Sinatra en el papel, en los hechos parecía lista y dispuesta a iniciar un ardiente romance con el Matador.

China recuerda perfectamente el momento de su primer encuentro, cuando Ava y Lana Turner se acercaron a su novio y le hicieron una oferta que, seamos francos, pocos hombres habrían sido capaces de resistir. “Ava debe haber sido la mujer que mas amó, porque era un constante desafío para él. Eran iguales. Los dos bebían hasta la madrugada, peleaban con todo el mundo, viajaban constantemente, conocían a alguien en un bar y se iban a la cama..”.

La ruptura la dejó destrozada, confiesa. “Quedé hecha pedazos, porque él se iba y volvía, se iba y volvía nuevamente, y así fue durante dos años”.

Curiosamente fue el propio Dominguin, después de ver como los fotógrafos se volvían locos por ella en Cannes, el que le sugirió una puerta de escape hacia el futuro. “Paris te convertirá en estrella”, le dijo en esa ocasión al oído, y ella, llegado el momento, recordó sus palabras y buscó refugio en esa ciudad.

Su primer trabajo en París fue como cantante. “Estaba una noche comiendo con Miguelito Alemán (hijo del ex Presidente Mexicano) y su novia en un nightclub, cuando se me acercó el dueño y me preguntó si yo cantaba. Le contesté que no, y él dijo que no tenia importancia, que con mi aspecto bastaba. Así fue como comencé a cantar en un cabaret parisino. Cantaba en japonés, chino, español, inglés, portugués…A veces cantaba envuelta en un kimono ¡era de locos! Pero a los franceses le gusta lo exótico y yo les parecía exótica”.

Un día, mientras se presentaba en un club en Roma, se encontró en la Via Veneto con Olga Mallo, una bellísima chilena que había trabajado con ella en Panagra y ahora era modelo exclusiva de Balmain. Olga la invitó a vivir con ella en París y le enseñó, con un libro en la cabeza, a caminar como modelo. Hasta entonces China no había pensando jamás en el modelaje, pero con esos extraordinarios pómulos y su delgada y elegante silueta, era solo cuestión de tiempo.

Su vida sufrió otro vuelco en una fiesta- siempre fue una fiesta- cuando, entre cocktail y cocktail, la directora de modas de Balenciaga le ofreció trabajo como modelo de la maison. China dijo gracias pero no gracias, y partió a pasar el verano a St. Tropez con unos amigos. Para cuando volvió a Paris en Septiembre, Balenciaga ya se encontraba en Madrid. Sus encargados le sugirieron que probara suerte con Givenchy.

“El día que llegue a Givenchy había una modelo perdida, me confundieron con ella y me lanzaron sin preguntarme nada a la pasarela”, recuerda, “Yo no tenia idea qué estaba haciendo, pero después del show el propio Givenchy se me acercó y me ofreció trabajo como modelo de la casa”.

Fue por entonces cuando adoptó el nombre de “China”, inspirado en el apodo algo paternalista que los limeños usaban para referirse a las jóvenes indígenas, las “chinitas”.

El negocio de la moda, explica, era entonces muy distinto a lo que es hoy. Ella y el resto de las modelos vivían semi-enclaustradas en el enrarecido ambiente del atelier, cuidadas y protegidas por el “couturier”, presentándose cada temporada frente a un pequeño y distinguido grupo de clientes y luciendo, sin sonrisas pero con un número en la mano, cada uno de los diseños mientras el salón permanecía en un silencio sepulcral. Las celebridades en primera fila eran casi inexistentes, y había prohibición de que la prensa tuviera acceso a la colección hasta dos meses después de su presentación oficial.

“Givenchy era un hombre muy serio”, cuenta China, “Y aunque eran muy distintos, tenia una profunda amistad con Balenciaga. Givenchy revisaba la colección de Balenciaga antes del show, y Balenciaga hacia lo mismo con Givenchy”.

La modelo viajó en calidad de “préstamo” a Madrid con el diseñador español, un hombre, según dice, “encantador, simpatiquísimo, adorable y mucho mas suelto que los diseñadores parisinos”. Después del desfile y como agradecimiento, Balenciaga le dijo que eligiera un vestido de la colección. “No supe que elegir”, se lamenta. “Podría haber escogido el abrigo más fabuloso, pero en cambio elegí un vestido negro muy simple. El vestido que usaría una viuda cincuentona”.

Su carrera siguió en ascenso en Francia e Italia, hasta que un día, en un desfile para Carven, conoció al famoso diseñador franco- americano Oleg Cassini.  “Oleg me vio, me llevó a almorzar, y al momento del postre me invitó a Nueva York. Me dijo que quería que conociera a un par de personas ahí”.

China aceptó a regañadientes- “Tenia un bonito departamento en la Ille St. Louis y un novio francés, ¿para qué iba a ir a Nueva York?- pero el día que aterrizó al otro lado del Atlántico, su carrera, y su vida, cambiaron para siempre.

A las pocas horas de llegar a Manhattan se reunió con Diana Vreeland, la legendaria editora de modas de Harper’s Bazaar- y luego de Vogue- que de inmediato la contrató para que apareciera en el desfile que el Fashion Group International tenia organizado esa misma noche en el Waldorf Astoria. “Abrí el desfile con un pajama de Balenciaga. Avedon me vio. Al día siguiente visité su estudio, y así comenzó mi carrera en América”, dice.

Avedon fue uno de los hombres más importantes de su vida aunque, según cuenta, su relación nunca fue sentimental.

“Lo nuestro fue una profunda amistad que duró muchos años. Trabajé con él como modelo, luego como editora de modas, y durante 17 años colaboramos en comerciales para Revlon y otras marcas. La última vez que lo vi fue el 2003”, recuerda, “cuando llegó a mi casa en Sag Harbor para celebrar mi matrimonio. Bailamos juntos; nos reímos; hablamos de comida, porque Dick hablaba siempre de comida, y quedamos de juntarnos a almorzar después de un viaje que él debía hacer a Los Angeles. Murió al poco tiempo. Fue un golpe terrible”.

Su amistad fue en cierto modo sorprendente. “Éramos muy distintos” concede China, “El era mucho mas serio y político que yo. La gente a veces me pregunta por qué no nos veíamos mas seguido, y la verdad es que Dick era de esas personas que te conocía, pensaba que eras interesante, pasaba un tiempo contigo y luego desaparecía, no porque ya no le gustaras sino porque tenia otras cosas que hacer. Vivía y hacia todo en forma muy intensa. ¿Por qué no nos veíamos tan seguido? ¡Porque él estaba con el Dalai Lama! ¡o con el Presidente en Washington!”.

Como editora de modas de Harper’s Bazaar, una de sus colaboraciones más memorables con Avedon fue la sesión fotográfica que ambos organizaron con Ana Maria y Naty Abascal- actual Duquesa de Feria- en Ibiza en 1964.

“Fui a la Feria Mundial de Nueva York y en un desfile vi a estas hermanas. Cuando aparecieron en la pasarela lancé un grito. ¡Wow!”, recuerda China. “Eran dos mujeres fabulosas, con enormes narices, enormes pechos…No había nadie en Estados Unidos que se pareciera a ellas. Las traje a Nueva York,  se las presenté a Avedon y le dije que si íbamos a fotografiarlas, tenia que ser en España. Su aspecto perdía sentido en América. Para acompañarlas tuvimos que buscar un modelo especial, porque un americano se habría visto ridículo al lado de ellas”.

El elegido fue Helio Guerreiro, un atractivo diplomático brasilero que, después de un par de Martinis en el Club 21 con China y Avedon, aceptó viajar a España y participar en el proyecto. “Llegué a buscarlo al aeropuerto, él corrió a abrazarme y lo primero que hizo fue besarme en los labios”, cuenta China. “Esa misma noche apareció en la puerta de mi suite en pijamas de seda y con dos botellas de champagne en la mano. Cuando se dio cuenta que conmigo no iba a pasar nada, trató con nuestra editora en España, luego con Naty, después con Ana Maria, y con cualquiera que usara faldas y se moviera…”.

Las fotografías de las hermanas Abascal y  el coqueto brasilero forman parte del tesoro fotográfico que Avedon dejó como herencia al mundo de la moda, un mundo que a menudo desató sentimientos contradictorios en el fotógrafo.

En una conferencia organizada por el Metropolitan Museum of Art de Nueva York a fines de la década los noventas, Avedon confesó, para sorpresa de todos, que siempre había considerado su trabajo de modas como un peldaño para realizar su trabajo “serio”, o, como dijo en esa ocasión, su trabajo ‘artístico”.

“Cuando Dick comenzó su carrera sentía verdadera pasión por la moda, pero fue un campo donde hizo tanto y de tantas formas, que es inevitable que al final haya sentido algo de tedio”, dice China. Su corazón critico, inteligente, iconoclasta y teñido de amable sarcasmo a menudo quedaba estampado en sus retratos, como ocurrió con los Duques de Windsor. “Le parecían horribles”, cuenta China, “personas que nunca trabajaron en su vida, snobs sociales que cobraban 50 mil dólares por aparecer en una fiesta. ¿Y quienes son ellos?” , decía Dick. “Los fotografió y parecen sapos en la foto. Quiso mostrarlos como eran, sin retoques ni antifaces. Cuando quería usar su poder, sin dudas  sabia como hacerlo”.

Desde el punto de visto creativo, la pasada de China por Harper’s Bazaar entre 1961 y 1972 marcó una época de gloriosa rebeldía. La primera mujer desnuda y la primera afroamericana aparecieron publicadas bajo su supervisión, y por lo mismo, porque hasta entonces la palabra “no” no existía en su vocabulario estilístico, es que abandonó su puesto cuando los ejecutivos de la publicación comenzaron a preguntarle si la ropa que usaba en sus producciones pertenecía o no a los avisadores.

“He sido parte del mundo de la moda desde 1954, y para bien o para mal viví en una era muy especial e irrepetible”, explica. “Hace unos días, en una comida en el Metropolitan Museum of Art, alguien me preguntó qué estaba haciendo en moda. ¡Tengo 81 años!, le contesté, ¡¿Qué más quieren de mi?!”.

Y justo entonces, cuando seria fácil suponer que la nostalgia comienza a invadirla, China cambia rápidamente de tema y todo queda olvidado. Habla, por ejemplo, de Lady Gaga – la adora- y de Madonna- “vivía en mi edificio y la veía todo el tiempo con sus guardaespaldas en el ascensor. No es una mujer agradable”.

Luego habla de su marido, el segundo, Riccardo Rosa, al que conoció hace 32 años y pero con el que no se casó hasta el 2003. Su primer matrimonio con el actor uruguayo Martin LaSalle, padre de sus hijas Blanche y Emmanuelle, terminó en 1965 después de una larga relación interrumpida, por un tiempo al menos, por el romance que China mantuvo con William Holden.

“Los dos hombres con que me casé fueron del mismo tipo: amables, tiernos conmigo, y más enamorados de mí que yo de ellos”, concluye.

Finalmente habla de su pintura, de su pasión por la cocina, de sus dos hijas, de sus nietos, de su I-Pad, de su rechazo a la cirugía plástica, de Zara y H&M, de la autobiografía que acaba de terminar, del par de documentales que está filmando, y mientras habla es fácil descubrir en sus palabras experiencia, sabiduría, humor y, por sobre todo, una envidiable sed de vivir.

Una sed que, en su caso, parece no quedar nunca satisfecha.

Harper’s Bazaar Espana, Octubre 2011

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