Manuel Santelices

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Edward Villella

In arte, musica, Ocean Drive Espanol on November 14, 2011 at 7:01 pm

“Fui un simple mortal en un mundo de Dioses”, dice Edward Villella hablando de su larga y extraordinaria carrera como primer bailarín del American Ballet Theatre. Ahí estuvo, arrancando aplausos y acumulando honores, bajo la severa supervisión de algunos de los mas grandes maestros de la danza del siglo XX, incluyendo a Jerome Robbins y George Balanchine.

Quienes lo recuerdan en el escenario estarían, sin duda, en desacuerdo con su modestia.

Villella es para muchos un Dios por derecho propio, el bailarín americano mas célebre de su tiempo, un hombre que podía conmover hasta al mas cínico de los aficionados con su perfecta mezcla de técnica, talento y virilidad sobre el escenario. “Pero uno no puede vivir en el pasado”, dice, “y ahora mi pasión y mis esfuerzos están concentrados en el presente”.

El presente, por supuesto, incluye su brillante labor como Director Artístico del Miami City Ballet, la compañía que fundó en 1986 con 19 bailarines y solo un millón de dólares de presupuesto, y que hoy está considerada como una de las mas importantes de Estados Unidos y el mundo. “Ahora se nos menciona en el mismo párrafo que el New York City Ballet, el American Ballet Theatre o el San Francisco Ballet”, asegura orgulloso, “Hemos bailado en el Kennedy Center en cuatro oportunidades, la última junto al Kirov. Y cuando aparecieron las criticas, no ocupamos el segundo lugar”.

A  los 69 años, Villella muestra una vitalidad y un entusiasmo envidiables.. “A estas alturas de mi vida me siento lleno de energías”, asegura, “Mi mujer me cuida muy bien. Mis pulmones, mi corazón, mi circulación y mi mente funcionan estupendamente. Y mientras pueda seguir haciendo mi trabajo al nivel que lo hago, seguiré adelante. Cuando ya no sea así, será el momento de pensar en soluciones y reemplazantes”.

Aunque no tiene una ‘short list” de potenciales sucesores, dice que está bien dispuesto a colaborar en la búsqueda de “uno o varios individuos que comprendan que esta una compañía de repertorio, que tengan una visión amplia del ballet y que entiendan diferentes estilos de danza. Y ese tipo de personas”, agrega con una sonrisa, “no se encuentran en cada esquina”.

El mayor desafío de la compañía a futuro, dice, es conseguir los recursos necesarios para continuar adelante con su labor. Y aunque asegura que en ese sentido el apoyo de Miami Beach ha sido enorme, no ha sucedido lo mismo con la ciudad de Miami. “Han pasado 22 años, y aun estamos esperando”, dice con cierta desilusión, “Eso es algo que debemos solucionar”.

De todas cualidades de Villella como Director Artístico, quizás la mas importante, la mas clara, es su profundo y genuino aprecio por sus bailarines. “Existe una larga historia de abuso de bailarines en el mundo de la danza y no quiero que eso se repita en mi compañía. Tengo un grupo de bailarines muy felices, porque soy accesible”, señala, “Entiendo que el Miami City Ballet no se centra en mi, sino en lo que puedo enseñarles como profesional y como persona”.

“Amo a los bailarines”, continúa después, “Son personas dedicadas, apasionadas, con una gran voluntad. Nuestra compañía está compuesta de talentos, y ese es nuestro gran tesoro. Hemos sido capaces de crear nuestras propias estrellas, y lo hemos hecho descubriendo esos talentos. Uno puede enseñar técnica al talento, pero es imposible enseñar talento a nadie”.

Con su experimentado ojo Villella busca “calidad de movimiento” en los miembros de su elenco, “algo tan personal en cada uno como una huella digital”.

“El bailarín debe ser capaz de hablar con su cuerpo, transmitir estilo, rango dramático, velocidad, poder…En eso fui siempre muy afortunado, en parte, porque trabajé junto a los mejores de mi tiempo”.

En su compañía los bailarines son lo mas importante, y en ella hay poco espacio para los egos o grandes personalidades que tan bien conoció durante su propia carrera en la danza.. “Mis bailarines han puesto sus carreras en mis manos, y tomo esa responsabilidad en forma muy seria. Quiero ser un ejemplo no solo por mis conocimientos y mi experiencia, sino también por mi humanidad. Hay personas en el ballet que siguen con su capa puesta una vez que la cortina del escenario ha bajado. Yo no soy de esos”.

Esta es una lección que Villella aprendió a golpes en su propia carrera.

En su famosa autobiografía, “Prodigal Son: Dancing for Balanchine in a World of Pain and Magic”, publicada originalmente en 1992, Villella habla de su conflictiva relación personal y profesional con George Balanchine, el célebre fundador del New York City Ballet, que en el libro es descrito como un genio narcisista que en ocasiones fue incapaz de lidiar con las complejas emociones de los miembros de su compañía.

“En cierto modo, todos éramos pequeñas niñas frente a ese padre autocrático que era Balanchine”, escribe Villella, “Un juego tan antiguo como el mismo ballet, donde hasta hace poco los bailarines eran llamados ‘boys’ y ‘girls’”.

En “Prodigal Son”- el mismo título del famoso ballet de Balanchine de 1929- Villella hace un paralelo entre el corógrafo y su padre, un descendiente de italianos de Queens que durante toda su vida trabajó en su propia empresa de transportes en el “garment district” de Nueva York y que, en un principio al menos, no recibió bien la noticia de que su hijo pensaba dedicarse a la danza.

“Yo también me sentía avergonzado”, reconoce el bailarín, “Mi madre me llevó obligado a las clases de danza que tomaba hermana después de un accidente que sufrí jugando béisbol con mis amigos. Pensó que ahí estaría mas seguro. Me senté al final de la habitación a observar a las niñas durante la clase, y cuando empezaron a saltar, yo, que siempre fue un atleta, comencé a saltar también. La profesora le dijo a mi madre que me ponía mallas y me integraba a la clase o me sacaba de ahí, porque distraía a las alumnas. Al día siguiente aparecí con mallas”.

Cuando su hermana se retiró de las clases, su padre, aprovechando la oportunidad, dio por terminado el asunto y lo envió a Maritime Collage, una Universidad de estilo militar donde Villella pasó cuatro años estudiando, boxeando y jugando béisbol. Fueron cuatro años duros, donde la danza nunca dejó de rondar sus pensamientos. En su último año de College regresó, a escondidas de su padre, a la Academia de Ballet.

“Desde que cumplí quince años, todo lo que quise fue bailar. Durante los veranos trabajaba en la empresa de mi padre, pero siempre supe que esa no era la vida que quería. Mis aspiraciones eran mayores”.

Convencido de su destino, Villella se inscribió finalmente en el School of American Ballet de Balanchine, y en 1956 fue invitado a integrarse al New York City Ballet. Dos años después se convirtió en solista y, en 1960, en bailarín principal.

Su primer rol, como protagonista del “revival” de “Prodigal Son”, fue, quizás, el mas famoso de su carrera. Muchos pensaron que el titulo era una ironía, considerando la difícil relación entre maestro y alumno.

Unos años antes, Villella había hecho lo impensable, abandonando las clases de Balanchine para seguir su aprendizaje junto al danés Stanley Williams.

Para Balanchine, esta fue una traición. Para Villella, un asunto de supervivencia.

“Si no lo hubiera hecho, mi carrera habría terminado al poco tiempo”, señala, “Después de cuatro años lejos del ballet, sus clases, que eran verdaderos laboratorios coreográficos, se me hacían imposibles. Sufrí heridas, lesiones, y sentí que en lo personal y lo físico no tenia alternativas. Las clases de Stanley, en cambio, abrieron mis ojos a un nuevo mundo donde encontré todo lo que estaba buscando. Nos hicimos muy amigos desde el principio. Después de clases nos íbamos a comer, a tomar cerveza, y hablábamos hasta las tres o cuatro de la mañana sobre la complejidad de lo que estábamos tratando de conseguir físicamente. Nunca tuve una relación como esa con Balanchine”.

En su libro, el bailarín habla de lo difícil que fue ese periodo. “Abandonar la clase de Balanchine me produjo una enorme vergüenza y humillación”, escribe, “Y creo que hasta el día de su muerte, Balanchine nunca me perdonó por no rezar en su altar”.

Aunque ha pasado largo tiempo desde entonces, Villella todavía siente que su decisión fue “como insultar a Mozart”.

“En el ambiente de la danza hubo algunos que pensaron que estaba tomando mi carrera en mis propias manos. Otros creyeron que estaba desafiando a Balanchine, porque fui el único que no lo seguí y mi presencia era palpable por mi ausencia. Y hubo muchos que sabían como eran sus clases y entendieron perfectamente las razones de por qué no podía seguir ahí. El mundo del ballet, como el del teatro, está regido por rumores, quejas y política. Yo preferí mantenerme al margen de la controversia y me dediqué a trabajar duro para convertirme, así, en un bailarín fundamental para Balanchine”.

Sus esfuerzos, como quedó claro en el escenario de “Prodigal Son”, fueron bien recompensados. A partir de entonces, Villella acumuló una larga lista de triunfos y honores. Fue el primer bailarín americano en aparecer junto al Royal Danish Ballet, y el único en recibir ruegos de “encore’ en el teatro Bolshoi de Moscú. Bailó durante la inauguración del Presidente Kennedy y luego para Johnson, Nixon y Ford. Produjo y dirigió la serie “Dance in America” para PBS, ganó un Emmy y recibió, en 1997, la National Medal of the Arts de manos del Presidente Clinton. Pero durante todo ese tiempo, la sombra de Balanchine nunca dejó de acompañarlo.

“Mientras trabajamos juntos tuvimos siempre una relación cordial, aunque nunca socializamos. Balanchine era un profesional supremo, pero, de vez en cuando, hacia un comentario para recordarme lo que había sucedido y ponerme en mi lugar. Eso era algo que yo estaba dispuesto a aceptar a cambio de trabajar con el mejor”, dice. “Cuando fui a decirle que abandonaba la danza por las lesiones en mi cadera, se mostró sinceramente triste y preocupado. ‘Por lo menos te vas cuando estás en tu mejor momento’, me dijo, ‘Todos te recordarán en el top y nadie será testigo de tu decadencia’”.

Villella vio a Balanchine por última vez en su cama de hospital, dos semanas antes de su muerte, en 1983. “En un mundo lleno de genios, Balanchine era el mas grande”, dice ahora.

Seria imposible que un hombre como este bailarín, que durante décadas creó magia con su pirueteas sobre el escenario, no se emocione hablando de su arte.

“No hay un día en que no sienta nostalgia por la danza”, confiesa, “Es frustrante no poder hacer lo que hacia antes con mi cuerpo, pero esa es la naturaleza de este juego. En la danza, los mayores traspasan a las nuevas generaciones su conocimiento y experiencia. Es la ley de nuestra vida. Esta es una forma artística que pasa de cuerpo a cuerpo, pero también de mente a mente. Y esa frase no es mía. Es de Balanchine”.

Ocean Drive en Espanol, 2007

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