
“Un paparazzo debe saber conducir’, dice Ron Galella al volante de su enorme Chrysler negro, mientras avanza rápido por las serpenteantes calles del suburbio de New Jersey donde vive.
En el camino cruza centros comerciales, estaciones de servicio, restaurantes de fast-food, un par de carreteras, gigantescos caserones, pequeños bungalows, y esos jardines americanos tan perfectamente cuidados que parecen falsos. “Un paparazzo no puede viajar en taxi”, continua, “Un taxi no va a pasar una luz roja para seguir a una estrella, y uno jamás puede perder su presa por una luz roja. Esa es la primera lección”.
Galella sabe bien de qué esta hablando. En medio siglo de carrera, el fotógrafo de celebridades mas famoso del mundo ha cometido mas infracciones de tránsito de las que probablemente le gustaría recordar. Y no solo eso. Ha pasado horas escondido detrás de algún arbusto o en el guardarropía de un elegante restaurant. Ha dormido incómodo en el asiento de un viejo automóvil o la banqueta de un hotel. Ha coqueteado con mucamas y dado propinas a porteros a cambio de información. Se ha montado sobre tarros de basura para captar a alguna estrella en su jardín de Beverly Hills. Se ha camuflado bajo sombreros, pelucas y postizos. Ha demandado y ha sido demandado en los tribunales. Y, por supuesto, ha recibido mas de algún puñetazo. Pero jamás, en todos estos años, ha perdido su presa.
“Uno tiene que romper las reglas. Esa es la segunda lección. Romper las reglas, evitar los intermediarios y dirigirse siempre a la persona mas importante”, dice mientras vira violentamente el automóvil hacia un cul-de-sac, “Déjame darte un ejemplo: estaba en Las Vegas y Frank Sinatra ofrecía un evento. El encargado de seguridad, que me conocía y no me tenia simpatía, me dijo ‘!Galella, aquí no entras! ¿Qué hice yo? Me fui directamente a Sinatra…!Lo encontré comiendo en un restaurante!”.
Así son la mayoría de las historias de Galella, una anécdota que comienza con una advertencia, sigue con un golpe de suerte que incluye el nombre de uno o dos famosos, y termina con la inevitable moraleja de que para conseguir la foto perfecta un paparazzo no debe seguir mas reglas que las propias.
“Hay que sorprender a la estrella, porque esa es la foto mas interesante. Cuando la encuentras desprevenida, natural…Warren Beatty en el garaje del Beverly Whilshire, por ejemplo. Aparezco por detrás de un auto estacionado, le grito ¡Warren!, y disparo el flash. ¡Perfecto! Luego Warren se detiene, sonríe, pero ya no me parece tan interesante. El comienzo de una sonrisa es mucho mas revelador que la sonrisa en sí. Cuando aparecen los dientes, se acaba el misterio”.
Para cuando termina la historia de Beatty, el fotógrafo ya ha cruzado los dos monumentales conejos de piedra que, como leones a la entrada de algún palacete, cuidan la entrada de su casa.
“A mi mujer, Betty, y a mi nos gustan los conejos”, anuncia en un tono que suena mas a advertencia que explicación. “Teníamos nueve, pero se los comieron los mapaches”.
Ahora los conejos muertos descansan en su propio cementerio construido por las mismas manos de Galella en el patio trasero de su hogar, una enorme “McMansion” que en su momento fue considerada por la cadena HBO para servir como hogar a Tony Soprano y su familia de mafiosos en la serie “The Sopranos”.
El recuerdo de las mascotas, sin embargo, sigue vivo en los conejos de yeso, cerámica y plástico instalados en el garaje y la terraza; en los pequeños conejitos escondidos entre los muebles, los libros y los objetos en la sala; en las orejas y pompones que se asoman por la cocina o el comedor; y también, claro está, en la habitación del segundo piso que, para efectos prácticos, es un museo de memorabilia conejuna con una enorme vitrina levantada como un altar y dedicada exclusivamente a los delicados conejos de Limoges.
“Betty y yo no tuvimos niños, pero tuvimos nuestros conejos”, dice Galella en un profundo vozarrón, quizás sin advertir la ironía de ver a estos adorables “bunnies” derretir el corazón de un hombre como él. Un hombre de 76 años con imponentes espaldas, nariz de boxeador y la reputación de ser uno de los paparazzo mas duros y astutos en un negocio donde astucia y dureza son la moneda obligada. Un hombre que fue amenazado por Richard Burton, Ryan O’Neal y Jackie Kennedy, y que provoco la ira de Sean Penn, Sam Shepard, Liz Taylor y Doris Day. Un hombre que, en un legendario episodio, perdió cuatro dientes después de recibir una golpiza a manos de Marlon Brando.
Vamos a esa historia, que vale la pena.
El 12 de Junio de 1973, Galella, como había hecho tantas veces antes, fue a instalarse a las puertas del estudio donde Dick Cavett grababa diariamente su célebre programa de entrevistas. ¿El invitado de esa noche? Marlon Brando, que por entonces terminaba de rodar “El Ultimo Tango en Paris” con Bertolucci.
Después de la entrevista, el actor y Cavett se dirigieron a un restaurant de Chinatown con Galella siguiéndoles los pasos y disparando su cámara insistentemente; una foto mas, y una mas, flash, clic, una mas y otra mas, hasta que Brando, con voz profunda e intimidante le pidió que se acercara.
Galella, quizás advirtiendo peligro, se acercó pero le habló a Cavett. “Siempre habla con el mas amistoso del par”, señala, dando otra lección, “Si quieres a Brando, habla con Cavett. Si quieres a Paul Newman, habla con Joan Woodward”.
Así, le pidió a Cavett que ambos se sacaran los lentes de sol. La foto era ridícula, le dijo, tomada de noche con los dos en gafas oscuras…y en eso estaba, hablando de las gafas, cuando sintió el puñetazo que le dislocó la quijada y le arrancó los cuatro dientes frontales inferiores.
Brando, sin advertencia alguna, dejó salir su furia con tal fuerza que al día siguiente se vio obligado a ir al hospital con su mano infectada.
“Lo demandé por un cuarto de millón de dólares”, recuerda Galella, “Pero negociamos un acuerdo fuera del tribunal. No fue mucho, poco menos de 40 mil dólares. El abogado se llevó una buena parte, así que quedé con 25 mil dólares. Y Brando, por supuesto, tuvo que pagar por mis cuatro operaciones a los dientes”.
Pero el fotógrafo no es rencoroso, y mantiene la atractiva imagen del actor junto sus otros grandes “hits” en un mural a la entrada de su casa. Ahí está, peligroso y seductor, junto a Jackie, la princesa Diana de Gales, Liz Taylor, Richard Burton, Robert Redford, Barbra Streisand…
Galella habla sin cuidado, casi divertido, sobre ese y otros líos legales. Cuenta que recibió 10 mil dólares después de demandar a Armand Aassante por asalto, otro tanto de una revista que publicó sus fotografías sin permiso, y una pequeña fortuna de una tienda francesa que usó su imagen de Robert Redford sin pagar derechos… “¡¿Cuánto ganamos en esa ocasión?!”, le pregunta a Betty, que permanece en la otra habitación.
“!No hablamos de dinero en entrevistas!”, advierte ella, “Eso es ‘off the record’”.
Galella conoció a Betty en 1978, después de mas de dos años de conversaciones telefónicas negociando la venta de sus fotografías para una revista con la que ella colaboraba en Washington D.C. El flechazo fue instantáneo. Cinco minutos después de verse cara a cara, Galella le ofreció matrimonio. Mas sorprendente aun, ella aceptó.
¿Por qué?
“Era un ‘Hunk”’, dice Betty, arrastrando el halago en uno de esos acentos sureños que parecen filtrados en whisky y miel, “Tenia talento, y una vida fascinante llena de aventuras. Me pareció irresistible”.
Galella también tenia, hasta entonces, una vida solitaria. “No me casé hasta los 48 años, porque fue imposible encontrar una mujer que se integrara a mi vida de paparazzo”, cuenta. “Pero la soledad no es mala, porque hace crecer el alma. Para mi fue una suerte, porque otros fotógrafos se iban a sus casas a ver sus mujeres, sus novias o sus madres. Yo en cambio tenia todo el tiempo para seguir a Jackie”.
Hasta la llegada de Betty, Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis fue la mujer mas importante en la vida de Ron Galella.
Cada vez que Jackie abandonaba su departamento de 15 habitaciones en el 1040 de la Quinta Avenida, a solo pasos del Museo de Arte Metropolitano, ahí estaba él y su cámara esperándola. En el mejor de los casos Jackie lo ignoraba. En el peor, ordenaba a sus agentes del servicio secreto que lo arrestaran y destrozaran su filme. Así, día a día. Galella la acompañó de compras en Bloomingdale’s, en sus paseos con Aristóteles Onassis por Madison Avenue, a la entrada de la Opera o mientras comía con I.M Pei en un restaurant “downtown”. A veces lo hizo a escondidas y otras a plena luz; siempre inoportuno, ansioso, irritante, insistente y, claro, peligrosamente halagador.
“Jackie era la modelo perfecta para lo que yo llamo ‘el estilo paparazzo’”, recuerda el fotógrafo, “Jamás posaba, y por lo mismo siempre aparece en las fotos espontánea, con la guardia baja, cándida…todas las cualidades que busco en una fotografía. Por supuesto, también había un buen mercado para sus fotos. ‘Modern Screen’, ‘Photoplay’, “Silver Screen’, todas esas publicaciones que ya no existen pagaban hasta mil dólares por una foto de Jackie. Pero ella odiaba esas revistas de cotilleo, de mentiras…Decía que ella no era una estrella de cine, que no pertenecía a esos pasquines, y en cierto modo tenia razón”.
Durante largo tiempo Galella organizó sus días alrededor de la agenda de Jackie. Llegaba a su departamento cerca de las once de la mañana para ver si salía de día. Si no era así, volvía a las siete de la tarde a esperar que saliera al teatro, el ballet o la Opera, o a las ocho, por si salía a comer. La vigilaba en eventos y cenas, y luego la fotografiaba nuevamente de regreso a su casa. Los fines de semana la seguía a Central Park con sus hijos, Caroline y John, o a Hyannis Port, New Jersey, al aeropuerto y, en un par de ocasiones, la siguió hasta la isla de Skorpios, donde una vez se disfrazó de marinero griego para fotografiarla nadando en el Mediterráneo.
Si Jackie se quedaba una noche en su casa, Galella iba al “Studio 54”, donde fue bien recibido hasta que un día fotografió a Ali McGraw sin corpiño, mostrando mas de lo aconsejable en la pista de baile. Play Boy publicó la foto y después de eso Steve Rubell le prohibió la entrada a su legendario club. “Era un pequeño Cesar”, recuerda el fotógrafo, “y un mentiroso, porque Ali nunca se enojó por esa foto. Fue él”.
Una noche era Brooke y otra Farrah. Una Cher y otra Liza. Y todas las noches era Bianca. Pero ninguna de ellas, a los ojos de Galella, alcanzó jamás el brillo de Jackie.
Esta “relación de amor y odio”, como la define él, alcanzó su clímax en 1971, cuando la ex Primera Dama, hastiada de tanta persecución, presentó una demanda por acoso en su contra que le impidió acercarse a menos de 50 yardas de distancia de ella y sus hijos y que, de paso, lo convirtió en el paparazzo mas célebre y controvertido del mundo.
Durante el juicio, Jackie presentó como evidencia fotos que la mostraban arrancando del fotógrafo en Central Park, igual como un ciervo arrancaría de un cazador. Galella recuerda perfectamente el día que las tomó.
“Llegué una mañana a su departamento y el portero me dijo que habían ido a Central Park con sus raquetas. Encontré a Caroline practicando tenis, tomé un par de fotos, y de pronto me di cuenta que Jackie también estaba ahí, apoyada en un árbol. Traté de fotografiarla, pero dio vuelta la cara. De pronto le dijo algo al oído a su servicio secreto y se puso a correr. Pensé que iba a acusarme a la policía, porque había un auto patrulla ahí cerca; pero no, siguió corriendo y yo detrás, jadeando, porque estaba en muy mal estado físico. No podía mas, pero un paparazzo nunca pierde su presa. Después me di cuenta que lo había planeado todo…”.
Con el juicio Galella perdió sus derechos, pero no su obsesión. Continuó fotografiando a Jackie a la distancia, desde tejados y arbustos, y en una imagen de su libro “No Pictures” aparece en medio de un enjambre de fotógrafos rodeando a la ex Primera Dama mientras se sube a una limousine, sonriente con su cámara colgando del cuello y una cinta de medir en las manos.
En 1982 hubo un segundo juicio y Galella se declaró culpable de no haber respetado la distancia establecida una década antes. De ahí en adelante, por ley, no pudo jamás volver a dirigir su cámara a Jackie. Sin embargo en 1994, cuando su musa, su presa favorita, su máxima estrella ya había muerto, firmó un acuerdo con John Kennedy Jr. que aceptó ser fotografiado por Galella siempre y cuando fuera solo en eventos públicos. “Así pude captar los últimos tres años de su vida”.
A pesar de su reputación, Galella se considera a sí mismo un caballero. Como evidencia número uno, cuenta su historia con Greta Garbo, a la que encontró un día de tormenta rumbo a su departamento por Sutton Place.
“Yo no he hecho nada, ¿Por qué me molesta?”, le dijo la solitaria diva, y él, sin saber qué responder, disparó su flash cinco o seis veces y la dejó seguir su camino al anonimato.
¿Otra historia de caballerosidad? Ahí está la de Truman Capote en Southampton.
“!Betty! ¿Qué fue lo que dijo Truman?”- llama el fotógrafo a su mujer, para que otorgue el necesario dramatismo a la anécdota. “Estábamos en Montauk, donde van muchos famosos en el verano”, comienza entonces a contar ella con el tono afectado de una heroína de Tennessee Williams. “Leímos en el periódico que Truman había sido internado en el hospital de Southampton por un problema de drogas o alcohol. No recuerdo cual de los dos. Llegamos al hospital y no había nadie en la recepción, así que abrimos el libro de pacientes, vimos que Truman estaba en la habitación 205 y nos dirigimos ahí sin que nadie nos detuviera. Truman no quiso que Ron lo fotografiara porque no estaba afeitado, y Ron le dijo que bien, que lo fotografiaría en otra ocasión. Y así fue. Truman dijo entonces que quería regresar lo antes posible a su departamento en el U.N. Plaza de Nueva York para darse una buena afeitada y seguir con su proyecto.
-‘¿Tu nuevo libro?’- le pregunté.
-‘No, mis cajas de decóllage. Tomo cajas ordinarias de cartón y las convierto en algo extraordinario pegándoles imágenes de serpientes”- dijo.
-‘!Truman!, ¡que exótico…! ¿Cómo encuentras tiempo para hacer algo así?- le pregunté.
-‘Dahhhling, lo único que tengo es tiempo’”.
Galella recibe la historia de su mujer con una gran carcajada, como si fuera la primera vez que la escucha. Su risa tiene algo de nostalgia, porque aunque no pierde mucho tiempo pensando en “the good old times”, a estas alturas está bien consciente que no volverán. El ya no es el mismo vigoroso paparazzo que un día fue, y el mundo de las celebridades, su mundo, ya no es esa glamorosa, decadente y sensual fiesta que tan bien conoció.
“No tengo idea como sobreviven los fotógrafos de hoy”, dice, “Fui a una premiere hace un tiempo con Angeline Jolie y Brad Pitt. Gran premiere, mucha gente. Me asignaron el numero 65 entre los fotógrafos. ¡El 65! Y llegaron al menos veinte mas, todos tomando la misma foto de Angelina en la alfombra roja. Un paparazzo ya no tiene el acceso de antes”, agrega, “Hay mucha seguridad alrededor de las estrellas, ya no puedes acercarte. Solo te dan la entrada y la salida, y uno esta siempre detrás de un cordón. Los encargados de relaciones públicas son terribles, peor que los de seguridad, peor que la policía. No me interesa mucho”.
Afortunadamente para él, aquellos días en que pasaba una noche entera esperando la aparición de una estrella han terminado. Ahora su trabajo, que creció en los últimos y mas menospreciados peldaños de la cultura popular, es considerado, tratado y transado como una obra de arte, expuesto en lujosos libros con introducciones escritas por Tom Ford o Diane Keaton, y en los muros de algunas de las galerías especializadas mas prestigiosas del mundo, incluyendo “Stanley Wise Gallery” en Nueva York, donde su nombre aparece junto al de otros grandes fotógrafos como Avedon, Steichen o Cartier Bresson.
Nada podría ponerlo mas orgulloso.
Nada, excepto quizás el documental que el conocido director Leon Gast (When We Were Kings) está preparando sobre él, un filme que lleva el certero titulo de “I Am a Camera; The Unwelcome Art of Ron Galella”, y que será estrenado en el Festival de Cine de Sundance en Febrero próximo.
¡Ah, el encanto de vivir la alfombra roja desde el otro lado del cordón! Galella no puede dejar de sonreír con satisfacción con solo pensar en la ironía.
“Mi profesor de italiano en el colegio, el señor Costanza, siempre decía que en esta vida eres alguien o eres un Don nadie, y eso quedó muy grabado en mi mente”, cuenta. “Tengo un gran ego. Todas las grandes estrellas tienen un gran ego. Pero ellas interpretan personajes y se pierden en ellos. Yo, en cambio, soy yo mismo en esta película. Aquí el director no me da ordenes. El director, en mi película, es Dios”.
Manuel Santelices
Esquire Espana, 2009

